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Viernes, 13 de agosto de 2010
José María Suárez Gallego
Publicado en diario
el domingo 15 de agosto de 2010.

Ilustración de Fabián Suárez Caballero
Los poetas, como le leí a Gerald Brenan, el hispanista británico que legó su cuerpo para que los estudiantes aprendieran anatomía sobre sus desnutridos músculos de viejo octogenario, están fuera del sistema de clases. O mejor dicho, constituyen una clase especial, como la gente del circo y como los saltimbanquis que van soñando veredas de estrellas.
En aras de la salud moral y ética de esta sociedad que padecemos como un estigma, los poetas deberían ser pobres de solemnidad y sólo mezclarse con los de su propia clase poética. Es decir, con los domadores de veletas, esos que mucho antes que un caballo negro de ojos azules les robara el último aliento una madrugada de agosto en el barranco de Víznar, testamentaron que cuando murieran --o los matasen-- dejaran el balcón abierto y los enterrasen en una veleta.
Agosto es un mes triste, pese a la lluvia de estrellas de las Perseidas, pese a las verbenas en las que bulle “María la portuguesa” por los balcones abiertos, y pese a las chicharras que intentan con su canto robarle a las veletas la gloria de su chirrido de siesta y cabañuelas. Agosto es un mes triste porque las tumbas de los poetas rechinan más que los goznes de las viejas arcas de donde pretenden algunos sacarnos sueños nuevos, precisamente aquellos que nunca engrasaron las veletas que hoy nos suenan a vientos viejos.
Los poetas, cuando no tuvieran dinero, deberían robarlo antes que dar conferencias en salones de suaves terciopelos. Ya nos lo decía Voltaire, con fino sentido de humor ilustrado: “Una de las mayores desgracias de las gentes honradas es que son cobardes”. Y este mundo parece estar hecho sólo y exclusivamente para chacales valientes sin norte en su veleta.
La política, como afirman los expertos en coger los días por sus aristas cortantes y no cortarse, es el arte de lo posible, y ya decía un torero filósofo que “lo que no puede ser no puede ser, y además es imposible”. De ahí que los políticos, algunas veces, más que veletas imposibles sean poetas del desastre.
Por: ©José María Suárez Gallego | Artículos de prensa | Comentarios (0) | Referencias (0)